Larvatus prodeo
Queridos amigos:
No sé si me estoy volviendo loca. No lo sé. He cogido el ordenador en el trabajo y he dejado de abrir páginas web sobre Nation Branding con el fin de escribir esta Newsletter. Deposito mi esperanza, una vez más, en lo único que tengo, lo único que siento que no se escapa de mis manos.
Cada vez que escribo siento la correspondencia. Es el tacto blando de los botones del teclado. Me reconforta el calor de la oficina. Aquí ya no queda nadie. Nadie trabaja por la tarde, pero yo me he dejado devorar un poco por la vida y siento la responsabilidad de permanecer en mi asiento hasta que el edificio cierre y tenga que llamar al guardia de seguridad. ¿Es este el castigo que me autoimpongo?
Últimamente no me concentro. Si al menos fuera por amor, queridos, pero siento una profunda tristeza, un dolor inabastable en mi interior, muchas contradicciones con las que tengo que aprender a convivir al final del día. Por suerte, no tengo demasiado tiempo para sentarme a pensar que no valgo suficiente y que soy una intrusa de clase en un espacio que no me corresponde. Pero Larvatus prodeo, amigos, avanza enmascarado. Eso me dice Bernat siempre. Y es que desde que estoy aquí, instalada en mi silla ergonómica, con mis dos ordenadores y una financiación incomparable, soy, efectivamente, una intrusa de clase, incómoda porque ya estaba cansada de ocultarme y he tenido que volver a hacerlo. Pero Larvatus prodeo, amigos. Qué le voy a hacer. A la clase trabajadora no nos queda otra opción que dejar de oler mal, y hacer que toleren nuestra presencia. Aunque todavía no estoy segura de que eso sea posible. El mal olor me sale por los poros, este olor a pobreza, esta conciencia de clase que me hace renegar del dinero y de la identidad.
No sabéis qué dolor me produce esta sensación. La sensación de estar rodeada de neoliberalismo e incomprensión. No es la universidad, es el capital social que te otorga a ojos del resto. Las expectativas que se proyectan de golpe en ti cuando dices algo así como que “trabajas en la universidad”.
Recuerdo las lágrimas de mi padre al otro lado del teléfono cuando le comuniqué que me habían concedido un contrato de investigación en la universidad. “Me habían concedido”. Hasta las palabras dejan entrever la realidad. No sé si yo lo merezco. No me importa demasiado. No me importa que sea “concedido”. En un abrir y cerrar de ojos cambié la librería por la oficina, y todavía no sé si esto me gusta más. Debería gustarme. Lo sé. Eso esperáis. Eso espera Gerard. Pero yo solo recuerdo a mi padre llorando al otro lado del teléfono y tras sus lágrimas solo soy capaz de ver un complejo de clase obrera, un fracaso social satisfecho porque su hija ha alcanzado el culmen del éxito.
No me gusta el éxito. Soy una fracasada. Asumidlo ya. No estoy satisfecha. Estoy enfadada. Estoy triste y solo quiero llorar. Estoy sola en medio del vacío, pero ya no estoy segura de si quiero seguir en esta fiesta, o simplemente quiero irme a dormir y no despertar. No soporto otro amanecer más con resaca. No soporto las nauseas que me produce la existencia. Solo quiero quereros, amigos. De verdad. Por eso, mientras estoy en la oficina escribiendo, lloro. A solas, a escondidas. Por eso, me produce un dolor insoportable que mi amor se entienda interesado. ¿Cómo hago para que alguien deje de desconfiar de mi amor? ¿De verdad es tan loca la ternura? Digo más. ¿De verdad resulta tan sospechoso querer? Quiero desprenderme. Me la suda el dinero sucio que gano en la universidad. No es mío. Quiero que sea vuestro. Que os lo gastéis en unas cervezas, que me invitéis a una CocaCola y que me dejéis lo suficiente para subsistir lo que queda de mes. Quiero financiar nuestra vida. ¿Tan mal está?
Perdón por la poca reflexión y la inmediatez. Quedan 20 minutos para que el guardia de seguridad cierre el edificio y yo tenga que salir por la salida de emergencia, como una ladrona. Sería una performance interesante y bastante realista. Si pudieran grabarme, lo pondría en el currículum. “Ladrona en la universidad”. “Estafadora de doctorados”. De nuevo, no porque no lo merezca, sino porque no quiero invertir mi trabajo ni mi dinero en cuestiones edificantes y académicas. Si me drogara, lo invertiría en drogas, pero como he resultado ser una señora bastante aburrida y llena de amor, lo invertiría en vosotros. Pero no me dejan. No me dejan esta mierda de horarios, ni estos prejuicios sociales, ni las constantes afirmaciones que me hacen dudar y replantearme si soy tonta. Señores, déjenme escribir sobre política cultural, literatura, traducción… Escribiré para vosotros. Pero déjenme hacer solo eso. Escribir y no juzgar, desde las alturas, mi forma de querer.
En fin. No puedo contaros mucho más. Sé que he sido bastante críptica. No ocurre nada más que estoy agotada. Porque una vez más he vuelto a caer en mi propia autoexigencia: intentar ser la amiga perfecta, la novia perfecta, la doctoranda perfecta. Pero no lo soy. Está bien. Pero hoy me ahogo en la frustración, porque no sé qué hacer. Me vuelvo ahogar en mis propias palabras. No acabo de encontrar alguien que me responda. Me siento sola y me inunda la ternura, y no me deja ver. Sin vosotros todo es más complicado. ¿No sería mucho más fácil conversar?